“Te estás haciendo la víctima”.
Estaba conversando con alguien hace poco, contándole que un conocido mutuo me había levantado la voz (aclaro: no era la primera vez) y mi interlocutor insistía en que algo debí haber hecho para merecerlo.
Le falté al respeto, sugirió, o no supe reconocer como agresión lo que en realidad era firmeza.
O, más probable aún, dijo, la levantada de voz fue una reacción a mi carácter, pues según la fuente soy soberbia, odiosa, prepotente y malhumorada; cuando no exagerada, dramática, mentirosa y mimada.
Pero no, insistí.
Describí con detalle lo acontecido para que no quedara duda de mi inocencia.
Para mi gran sorpresa, expuesta toda mi evidencia, su sentencia fue tajante:
Me estaba haciendo la víctima.
Ojo con el “haciendo”, que es importante, porque estas son palabras crueles.
Y en Colombia, lamentablemente, las usamos con frecuencia.
No sé si sea algo generacional, pero da la sensación de que la palabra víctima es una grosería en este país, porque aquí nadie es víctima.
Aquí hay gente de malas, gente que dio papaya, que se dejó pillar, que andaba metida en algo, que se puso a buscar lo que no se le había perdido, que iba mal acompañada o, claro, ¿quién la manda a andar por ahí vestida así?
¿Pero víctima?
Jamás.
Y visto por encima, eso parece algo bueno.
Es pensamiento positivo, es ser berraco, es tener agencia.
Pero si hurgamos un poco, descubrimos algo siniestro debajo de este razonamiento: la ausencia de victimarios.
Ahí está el verdadero problema.
Porque cuando insistimos en perpetuar el mito de que las víctimas no existen —cualquiera sea su fachada, desde el destino hasta la idea de que cada persona atrae las lecciones que necesita aprender, pasando por la creencia de que algo debí haber hecho en una vida pasada para merecerme esto— lo que realmente estamos haciendo no es empoderar a las personas como autoras de su propia desgracia.
Lo que estamos haciendo es facilitarle la vida a quienes causan las desgracias ajenas.
Hace poco leí un estudio sobre campañas anti-bullying que explicaba que muchas no funcionan porque los agresores no se reconocen como agresores. Nadie se levanta en la mañana pensando yo soy el bully.
Pasa lo mismo con la violencia doméstica. Nadie se auto-nombra abusador. Dicen que están reaccionando, corrigiendo, defendiéndose, poniendo límites, educando. Todo es “problema de pareja”, “dinámicas complejas” o “relaciones tóxicas”.
Y mientras tanto, quien nombra el daño tiene que defenderse de haberlo sentido.
La víctima tiene que explicarse mejor, demostrar que no exagera, justificar por qué le dolió, probar que no provocó, demostrar que sí fue grave.
Aquí hay una trampa cultural profunda, un patrón documentado en la psicología social y en los estudios sobre violencia, que alimenta un sistema cultural donde el reconocimiento del daño se vuelve casi imposible y que protege al que grita, al que controla, al que humilla, al que abusa.
Crecí —y crecimos— en un país donde no se puede ser víctima sin ofrecer disculpas. Donde sentir dolor exige pruebas, contexto, antecedentes, buena conducta previa. Aprendemos rápido a minimizar antes de que alguien nos acuse de exagerar. A explicarnos mejor. A revisar el tono. A justificar al otro. A dudar de la memoria propia. A preguntarnos si no habremos entendido mal, si no fue tan grave, si no estamos siendo dramáticas.
Aprendemos a narrar nuestra herida como un malentendido.
Porque en un país sin víctimas, el problema nunca es lo que nos hicieron, sino cómo lo contamos.
Si es que lo contamos.
No sé ustedes, pero yo estoy cansada de susurrar mi dolor. Y siento que el primer paso para dejar de temerle es nombrarlo.
Así que aquí voy: he sido víctima.
Me han tocado de manera inapropiada, besado a la fuerza, gritado, insultado, ofendido, humillado, encerrado, robado, mentido, acusado y maltratado.
Y no me lo merecía.
Ya. Lo dije.
Y si para decirlo tengo que usar una palabra incómoda, que así sea.
Víctima no es una grosería.
El silencio sí.

Leave a Reply