Dile a una niña pequeña que es fea y probablemente llorará, se pondrá brava, te dirá que no es verdad.
Dile lo mismo a una adolescente y… ¿sabes qué? Ni siquiera tienes que decírselo. Si lo ha oído suficientes veces, te ahorrará el trabajo y se lo dirá ella sola.
Pero el asunto es que la fealdad no es instintiva. No nacemos con un reflejo para sentirnos feas. Ningún bebé dice no me mires, no me cargues que estoy horrible.
Incluso con el pañal cargado y cubierto de mierda de pies a cabeza, un bebé quiere atención y siente que merece que lo carguen y lo mimen.
Esa fe en nuestra propia dignidad no desaparece sola; nos la quitan.
No recuerdo la primera vez que me pasó que ni quién lo dijo ni cómo, pero el algún punto de mi vida alguien me dijo que yo era gorda.
Y después, que rara.
Pero sobre todo, gorda.
Y en algún momento, depués de oírlo suficientes veces, eso de que era gorda dejó de ser información y se convirtió en identidad. Ya no me decía a mí misma tengo un cuerpo que ocupa espacio, sino mi cuerpo es el problema. Ya no era soy distinta, sino hay algo malo en mí que todo el mundo puede ver.
He cargado esas palabras conmigo hasta la adultez, a cada cita, a cada relación, a cada encuentro con la luz apagada y la puerta cerrada.
Pero últimamente me ha tocado pensar en la belleza de una manera un poco inesperada. Hace poco empecé un trabajo editando fotos eróticas para un cliente y, entre ajustar la luz, suavizar bordes y pasar demasiado tiempo mirando cuerpos ajenos, me di cuenta de algo que no he podido sacarme de la cabeza:
Las mujeres que se ven más bellas no siempre son las más perfectas; son las que se creen dignas de ocupar un espacio en el marco.
Eso es todo.
Ese es el secreto.
No es la simetría.
No es la perfección.
No es la juventud.
No es la delgadez.
Es que se dan a sí mismas permiso de ocupar ese espacio sin ofrecer disculpas.
Les voy a ser brutalmente honesta, las mujeres de estas fotos no son perfectas. Para nada. Yo les veo la celulitis, las estrías, las cicatrices, los rollitos… y aun así, la gente paga por ver sus cuerpos desnudos.
No, mentira, eso no es lo que me tiene pensando. Lo que me tiene dando vueltas en la cabeza es que estas mujeres exigen dinero a cambio del privilegio de ver sus cuerpos desnudos; cuerpos que, a decir verdad, no son muy distintos al que yo escondo bajo un manto de oscuridad y vergüenza.
¿Por qué?
¿Por qué a algunas mujeres les enseñan a entrar a un cuarto como si tuvieran que pedir perdón por la poquedad, mientras otras aprenden a entrar como si cada centímetro, cada molécula les perteneciera, como si cada par de ojos les debiera una mirada?
Siento que necesito entenderlo porque me parece que me he perdido de algo fundamental y si logro descubrir qué es, por fin podré sentir que me pueden mirar sin que yo me encoja. Sin sentir que le debo al mundo una versión mejorada de mí misma, que tengo que ganarme el derecho a ser vista y que solo puedo ganarme ese derecho cuando esté arreglada, corregida, resuelta.
Y he pasado tanto tiempo tratando de arreglarme que ya estoy agotada.
Pero no dejo de pensar en es de la visibilidad, porque ahora que estoy preparando cuerpos para el consumo, me doy cuenta de lo que pasa cuando le atribuye a un valor al derecho a mirar, de lo rápido que la belleza se vuelve moneda. De lo fácil que un cuerpo se convierte en producto. De lo mucho que el deseo depende del público.
O, mejor dicho, de tener público.
Porque la fealdad no es solo apariencia. También es el efecto de haber sido moldeada por la mirada, de vivir dentro de un cuerpo que ha sido interpretado socialmente.
La verdad es que a estas alturas no sé si la confianza se puede construir después de años de esconderse. No sé si un cuerpo se puede amar después de haber sido tratado como un problema durante la mayor parte de su vida.
Pero estoy empezando a sospechar que, si bien la belleza —como la fealdad— yace en la mirada, hay más de una mirada que cuenta a la hora de decidir ambas cosas.
Sí, hay algo performático en todo esto, pero tal vez el público que más importa no es el de afuera, ese que que hace click, desliza, mira, juzga; tal vez es la multitud que llevas en la cabeza.
Porque la fealdad podrá ser un fenómeno social, ¿pero la belleza? No. La belleza es un pacto privado entre quien eres hoy y la parte de ti que todavía recuerda que incluso cuando estás cubierta de mierda, sigues siendo digna de ser mirada, digna de ser amada, digna de que te abracen.

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