Me cansé de los cuentos de hadas

Ahora, escribo mis propias historias

Lo que nadie te dice sobre los cuentos de hadas es que son peligrosos.
No por las brujas, ni por los lobos, ni los bosques oscuros, ni las manzanas envenenadas ni las agujas malditas.
Lo realmente peligroso es la espera.

Espera a que te elijan, espera a que te salven, espera a que alguien crea que vales la pena liberar.
Y mientras esperas, sé buena.
Calladita, suvecita, dócil, fácil de querer. No pongas problema, no des qué hacer, ahí, quieta y silenciosa en tu torre.

Pero no te advierte que la espera también te rompe.
La espera te hace creer que tu vida no comienza hasta que alguien te salva.
Peor aún: te hace creer que tu vida no vale nada si nadie decide que eres digna de salvar.

Te hacen creer que la amistad y autoconfianza no bastan, que sanar solo cuenta si alguien más te recompone.

En los cuentos le llaman amor, pero yo lo llamo adoctrinamiento porque una vez te salvan, les debes algo.
Toca estar agradecida. Sumisa. Disponible.

¿Y si nunca necesitaron un príncipe, sino una espada, una grupo de amigas y el espacio para prenderle fuego al maldito reino y verlo arder?

¿Qué significaría —quién sería yo— si entendiera que nunca estuve rota?
¿Quiénes seríamos todas si dejáramos de esperar a que nos rescataran?

La verdad es que prefiero que me entiendan antes en vez de que me salven.
Quiero ayuda que no venga con correa, apoyo que no exija sumisión.

Porque la verdad es que pasé años diciendo que no a la amistad, a la conexión, a la ayuda silenciosa, solo porque no provenían del príncipe que me prometieron.

Ahora entiendo que mi rescate nunca iba a parecerse a los cuentos de hadas, no porque no valga la pena salvarme sino porque nunca fui la doncella.

Fui la niña que llevaba el farol, que no estaba en el bosque porque estaba perdida sino porque era donde quería estar.

Y así me convertí en alguien que ya no tiembla cuando nadie viene a rescatarla porque aprendí que puedo rescatarme a mí misma.

Con ayuda de mis hermanas, de mis amigas, me rescato una y otra vez, como un amanecer, como un conjuro, como una maldita revolución.

Ya no espero a nadie.
Soy mi propio puto príncipe.
Yo llevo la corona.
Yo monto el caballo.
Y si ardo, pues que mi llamarada sea dorada y les ilumine el camino a todas las demás princesas.


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