Durante muchos años pensé que “hogar” era el lugar al que siempre podías volver. Ahora pienso que tiene más que ver con los mapas mentales.
La idea de los mapas mentales surgió en un episodio reciente de mi pódcast, When Home Is a Foreign Word. Todo inmigrante tiene uno en la cabeza que le dice dónde puede hablar un determinado idioma en un determinado país. Por ejemplo, el mapa te dice dónde hablar español en Estados Unidos sin arriesgar que te persiga ICE y dónde hablar inglés en Colombia puede sin que todo te salga el doble de caro por aquello del gringo tax.
Con el tiempo el mapa te indica qué lugares te reciben con los brazos abiertos, cuáles apenas te toleran y cuáles exigen que te conviertas en una persona completamente diferente antes de darte la bienvenida.
Pero esa conversación me hizo darme cuenta de algo más: los mapas que cargamos no son solamente mapas de idiomas. Son mapas de quiénes podemos ser. O de quién se nos permite ser aquí, ahora, con estas personas.
Los mapas te responden preguntas como ¿Soy bienvenida en este lugar? ¿Hay un puesto para mí en esta mesa? ¿Estoy hablando demasiado? ¿Estoy sonriendo lo suficiente? ¿Estoy bien vestida para esta reunión? ¿Ofrecí suficiente café, suficientes pasabocas, suficientes temas de conversación aceptables?
Y también ¿Puedo llorar aquí? ¿Puedo estar en desacuerdo? ¿Puedo enojarme? ¿Puedo comer lo que quiera, cuánto quiera? ¿Puedo ser completamente yo? ¿O este será otro lugar en donde necesito actuar, complacer, vigilar, anticipar el estado emocional de los demás antes de decidir quién puedo ser?
Y, una y otra vez, la misma pregunta. ¿Estoy segura aquí? ¿Estoy a salvo aquí? ¿Hay alguien que me defienda aquí?
Lo complicado es que las respuestas a esas preguntas siempre dependen del contexto, y para muchas personas —mujeres, inmigrantes, personas LGBTQ+, personas con discapacidad o neurodivergentes, hijos de padres impredecibles, cualquiera que haya aprendido a cambiar de lenguaje, de tono o de personalidad para sobrevivir— ese contexto rara vez juega a nuestro favor.
Por eso aprendemos a leer los espacios antes de entrar en ellos hasta que un día nos damos cuenta de que nuestra vida entera se convirtió en una forma de navegación.
Esa conversación también me obligó a replantearme qué significa realmente la palabra hogar.
Como dije antes, durante muchos años pensé que el hogar era el lugar al que siempre podías volver, y durante mucho tiempo, ese lugar fue la casa de mi mamá porque sabía que, pasara lo que pasara, ella iba a defenderme.
El que ella estuviera no hacía que la vida fuera perfecta, pero hacía que se sintiera más segura. Mi papá decía que ella parecía una “mamá leona” porque nos defendía de manera feroz, así que la casa de ella, cualquiera que fuera, era un lugar defendido por una leona.
Cuando murió, no sólo perdí a mi mamá, sino que también perdí ese lugar, ese nivel de defensa con garras y colmillos.
No porque se perdiera la casa físicamente. Esa sigue intacta. Lo que perdí fue la sensación de abrir la puerta y saber que, dentro de esas paredes, había alguien dispuesto a luchar por mí.
Cuando la extraño a ella, también extraño la versión de esa casa que existía antes de que el duelo cambiara los muebles de lugar y el silencio se instalara en los rincones.
Rara vez hablamos de hacerle duelo a un lugar, y mucho menos del dolor de perder lo que ese lugar significa, de entrar a una casa donde todo parece igual pero ya no la reconoces como un refugio, de ver que la casa sigue ahí, pero el mapa deja de coincidir con el territorio.
Durante mucho tiempo pensé que eso significaba que nunca volvería a sentirme en casa, pero eso cambió cuando me mudé al apartamento donde ahora vivo con mi hijo.
Aquí, donde sólo estamos los dos, puedo entrar a cualquier habitación sin ensayar quién necesito ser, sin preguntarme si hoy será el día en que alguien me grite porque usé la palabra equivocada o porque dije la palabra correcta demasiadas veces (porque hay personas para quienes la repetición es peor que la criptonita), sin calcular cuánto de mí puedo mostrar antes de que resulte incómodo para alguien más.
Aquí existo sin editar. Aquí me siento completamente bienvenida, aceptada, amada. Aquí me siento segura.
Siempre voy a extrañar a mi mamá, y siempre voy a extrañar la versión del hogar que existía solo porque ella estaba allí, pero ahora entiendo que mi hogar no es el lugar donde crecí. Es el lugar donde no necesito revisar el mapa antes de abrir una puerta.
Así que tal vez sea cierto que uno no puede volver a casa, pero si uno tiene mucha suerte, de pronto puede construir un hogar en donde cada persona que habite allí ame todas las versiones de ti. Un lugar en donde cada habitación te acepta tal como eres, tal como estás, aquí y ahora, sin tenerte que editar, reducir ni silenciar.

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