Un corazón roto que todavía late.

No sabía que existía una palabra para nombrar lo que siento.
Ni en español ni en inglés, los idiomas que hablo con fluidez.
Pero sí existe. Más que una palabra, es un concepto.
Y viene de un lugar donde vivió mi papá cuando yo estaba chiquita.
Se trata de wabi sabi, una filosofía estética japonesa que nombra la belleza de lo imperfecto, lo incompleto, lo desgastado, lo transitorio.
Es la hoja que se vuelve amarilla.
El pétalo con pecas.
El postigo de madera con una grieta por donde entra la luz.
Cuando descubrí el concepto de wabi sabi, por fin entendí algo que había sentido durante años pero no sabía cómo decir: Que hay belleza en lo roto.
No en romantizar el dolor, sino en ser testigos de lo que sobrevive.
Pero incluso antes de saber cómo se llamaba, ya me sentía atraída por esa belleza.
De niña, coleccionaba piedras.
No gemas brillantes, sino piedritas grises con vetas blancas como rayos.
Mi mamá se enojaba porque siempre llegaba con los bolsillos del uniforme rotos, pero yo no podía evitarlo.
Me encantaba.
Todavía me me encantan.
Todavía recojo piedras bonitas, me las llevo a casa, y las pongo sobre mi escritorio porque me recuerdan que el desgaste conlleva sabiduría.
Que las grietas nos permiten mirar hacia adentro.
Que el descanso, la sombra, el silencio y la imperfección no son debilidades, sino invitaciones.
Que el alma no nació para ser estéril.
Que nuestros corazones no están hechos para ser permanecer intactos.
En ese entonces no sabía explicar por qué me llamaban tanto la atención.
Pero ahora lo entiendo: ellas lucían como yo me sentía.
Sólida, sí. Pero marcada. Partida. Bella, no a pesar de las grietas, sino por ellas.
Colombia te rompe el corazón y te lo vuelve a pegar mil veces al día.
Eso dije en una entrevista hace poco.
Estábamos hablando de cómo es vivir aquí, y estuvimos de acuerdo: es un corazón roto tras otro, un milagro tras otro.
Pero la verdad es que no solo este país me ha roto el corazón.
Se me rompió cuando dejamos Atlanta y volvimos a Pereira, porque tenía miedo de que el lugar donde nací ya no se sintiera como mi hogar.
Se me rompió cuando nació mi hijo, porque nada volvería a ser solo mío.
Se me rompió cuando se murió mi mamá, porque nada volvería a sentirse real si no podía compartirlo con ella.
Se me rompió cuando secuestraron a mi amigo, cuando asesinaron (otra vez) a un candidato presidencial, cuando ella dijo que nuestra amistad no era más importante que nuestro negocio, cuando él dijo que nuestra relación no valía el esfuerzo emocional de intentar salvarla. Y cada vez que el mundo suelta una noticia que no puedo procesar antes de que llegue la siguiente tragedia.
Vivir te rompe el corazón.
Pero estar viva significa que todavía late.
Leí hace años El elogio de la sombra, de Jun’ichirō Tanizaki, y lo subrayé todo.
Dice que mientras Occidente le teme a la oscuridad y busca erradicarla, la estética oriental la abraza.
Las sombras no son fallas a corregir, sino misterios que se cultivan.
La piel brilla distinto a la luz de una vela.
Los objetos susurran cuando no se les obliga a brillar.
Leí eso y pensé:
Sí. Eso. Justo eso.
La vida occidental exige exposición.
Espejos de aumento. Luces de estudio. Rendimiento constante.
Pero la exposición no es intimidad, y el resplandor no es claridad, y ante tanto escrutinio hemos perdido el derecho al misterio.
Y el misterio es el alma de la belleza.
Pero quienes andamos por el mundo con corazones kintsugi—agrietados, remendados, marcados por el dolor, la ternura, la pérdida y la maravill–recuperamos el misterio. Y, supongo, la belleza también.
Y eso no es un fracaso, es parte del diseño.
Hay corazones que no se rompen del todo.
Se agrietan, sanan, y siguen latiendo—una y otra vez.
Esto es para quienes han sido quebrados por la vida y pegados de nuevo con amor, duelo, arte, silencio, rabia y asombro.
Ya no escondemos el oro.
Lo llevamos como armadura.

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